Aplausos para un atardecer

Nunca había pensado que se pudiese aplaudir un atardecer. Pero así fue. La ciudad, en el suroeste de Francia, había sido destruida totalmente en 1945 por la aviación nazi. Su reconstrucción, a propósito, consistió en una alineación de viviendas de cara al mar y una catedral enorme y vanguardista. Aquella tarde, después de encontrar un hotelito, me dediqué a dar una vuelta en coche para hacerme una idea de la estructura urbana. Era un lugar de paso, que no estaba previsto, pero me llamaron las lecturas y la necesidad de demorarme antes de llegar a La Rochelle.

Y, como si de un milagro se tratase, allí ocurrió.     Me detuve ante una ensenada preciosa y, mientras paseaba, observé cómo los vecinos iban asomándose a sus terrazas, a las puertas de sus casas. Eran más de las nueve y media de la noche, de un mes de agosto. El sol comenzó a esconderse, la gente se apretaba y se tomaba de la mano. Y, contagiados, empezaron todos a aplaudir.

No sé qué me produjo mayor emoción si ese lubricán inigualable, o esa resolución en demostrar la fascinación por la belleza; si el  espectáculo que me secuestró el ánimo y me dejó mudo, o los aplausos, los lógicos e inesperados aplausos. Dije durante mucho tiempo que había sido el atardecer más bonito de mi vida. Y lo fue; y a lo mejor sigue siendolo.

Juan Andivia Gómez

“Aplausos para un atardecer”

 

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