Lo mejor para la tristeza

 

Lo mejor para la tristeza –contestó Merlín, empezando a soplar y resoplar– es aprender algo. Es lo único que no falla nunca. Puedes envejecer y sentir toda tu anatomía temblorosa; puedes permanecer durante horas por la noche escuchando el desorden de tus venas; puedes echar de menos a tu único amor; puedes ver al mundo a tu alrededor devastado por locos perversos; o saber que tu honor es pisoteado por las cloacas de inteligencias inferiores. Entonces sólo hay una cosa posible: aprender. Aprender por qué se mueve el mundo y lo que hace que se mueva. Es lo único que la inteligencia no puede agotar, ni alienar, que nunca la tortura, que nunca le inspirará miedo ni desconfianza y que nunca soñará con lamentar, de la que nunca se arrepentirá. 

Aprender es lo que te conviene.

Mira la cantidad de cosas que puedes aprender: la ciencia pura, la única pureza que existe. Entonces puedes aprender astronomía en el espacio de una vida, historia natural en tres, literatura en seis.

Y entonces después de haber agotado un millón de vidas en biología y medicina y teología y geografía e historia y economía, pues, entonces puedes empezar a hacer una rueda de carreta con la madera apropiada, o pasar cincuenta años aprendiendo a empezar a vencer a tu contrincante en esgrima. Y después de eso, puedes empezar de nuevo con las matemáticas hasta que sea tiempo de aprender a arar la tierra.”

Terence H. White, The Once and Future King

Aplausos para un atardecer

Nunca había pensado que se pudiese aplaudir un atardecer. Pero así fue. La ciudad, en el suroeste de Francia, había sido destruida totalmente en 1945 por la aviación nazi. Su reconstrucción, a propósito, consistió en una alineación de viviendas de cara al mar y una catedral enorme y vanguardista. Aquella tarde, después de encontrar un hotelito, me dediqué a dar una vuelta en coche para hacerme una idea de la estructura urbana. Era un lugar de paso, que no estaba previsto, pero me llamaron las lecturas y la necesidad de demorarme antes de llegar a La Rochelle.

Y, como si de un milagro se tratase, allí ocurrió.     Me detuve ante una ensenada preciosa y, mientras paseaba, observé cómo los vecinos iban asomándose a sus terrazas, a las puertas de sus casas. Eran más de las nueve y media de la noche, de un mes de agosto. El sol comenzó a esconderse, la gente se apretaba y se tomaba de la mano. Y, contagiados, empezaron todos a aplaudir.

No sé qué me produjo mayor emoción si ese lubricán inigualable, o esa resolución en demostrar la fascinación por la belleza; si el  espectáculo que me secuestró el ánimo y me dejó mudo, o los aplausos, los lógicos e inesperados aplausos. Dije durante mucho tiempo que había sido el atardecer más bonito de mi vida. Y lo fue; y a lo mejor sigue siendolo.

Juan Andivia Gómez

“Aplausos para un atardecer”

 

Cuento andaluz

Un andaluz muy guasón

con el vecino de enfrente

tuvo el dialogo siguiente

que oí desde mi balcón.

Scuche usté Don Garsía

y sabrá en un santiamén

lo que aye l’ocurrió ar tren

ar Correo d’Andalucia.

Tomé er tren en Graná

y en er me monté contento

porquiba ver er portento

de la Villa Coroná

Partimo sin noveda

y a sien metro der andén

notamo que marchaba er tren

con musha dificurta

de manera aterradora

notamo qu’er tren crujía

que con er peso no podía

la pobre locomotora

aquer modo de bufá

la maquina sin podé hacé

ar convoy corré

tanto nos llegó a inquietá

Que, no e farsa mi relato

lo viajero nos tuvimos que apeá

y empujá ar tren un rato

¡Pero na!, que ni por esa.

S’hizo un efuerso horroroso

y cada ve ma premioso

er tren sobre traviesa

¿Acaso el tren llevaba exceso

de carruajes o furgones?.

¡Ca!. No señó Tre

y con mu poco peso

En er coche de primera

la viuda d’un comandante

en segunda un comersiante

de flauta y yo en tersera

Uno cuanto lugareño

dormían en mi vagón

y detra iba un furgón

con vario bulto pequeño

¿Entonces por que el tren

apenas andar podía

si el convoy sólo traía

la carga que dice usted?.

Porque traía, ademá.

entre lio y travejo

una cesta de cangrejo

qu’iban tirando pa tra